Los cuadernos de Henry James

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Por Eduardo Berti

En el ocaso de su vida, Henry James tomó algunas decisiones drásticas. Una de ellas fue desprenderse de su pasaporte estadounidense y pedir la nacionalidad británica para protestar contra la escasa determinación de Estados Unidos en la primera guerra mundial. Meses más tarde, en febrero de 1916, moría en su casa de Londres y Ezra Pound proclamaba que el novelista había trabajado “toda la vida por su país y un año por el honor de su país”. Otra decisión tajante fue la de quemar gran parte de su correspondencia y de sus papeles personales, para desencanto de los futuros investigadores. De esa fogata se salvaron, por fortuna, nueve valiosos cuadernos que finalmente se hicieron públicos en 1947, autorizados por sus herederos.

Apuntes y croquis compositivos, ideas para diálogos, listas con nombres y apellidos para bautizar a sus personajes de ficción (Portier, Rotherfield,. Almond), fragmentos de cartas, impresiones personales, escenas de la vida social, autocrítica literaria. De todo esto y mucho más se componen los Cuadernos de notas que James escribió en sus años de mayor creatividad (desde 1878 hasta 1911) y que acaba de reeditar en castellano el sello Destino, con traducción del novelista argentino Marcelo Cohen, a partir de la edición que en su momento hicieran dos especialistas en James: F. O. Mathhiessen y Kenneth B. Murdock. La edición precedente en castellano (también con traducción Cohen) data de fines de los años ochenta y llevaba largo tiempo agotada.


"Tengo mi cabeza repleta de visiones”, dice James en estos cuadernos, aún más copiosos que los de Chejov o Somerset Maugham. Y hasta se jacta: “Eso que aquí no relato ni la décima parte de las historias que podría”. La exhibición de fervor y sensibilidad es tan grande, que su famoso biógrafo, Leon Edel, no dudó en decir que en ningún otro libro se está, como aquí, “más cerca” de Henry James.

Versión reducida del artículo publicado hoy en el diario Público de Madrid, España.

Enlace: http://www.publico.es/culturas/271578/laboratorio/henry/james


Ganar la virginidad

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Enseñar es pervertir. Ustedes vienen aquí a perder su virginidad literaria; pero sólo para recuperarla después. Lo difícil en verdad, no es perder la virginidad, sino ganarla, conquistarla. Hay que ir a los libros desde el conocimiento, para que ellos, si son realmente grandes, mediante su propio poder nos devuelvan la inocencia. ¿Puede entenderse eso?

Juan García Ponce, “El libro”

Estados

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La página web Omnivoracious tuvo la excelente idea de dar una especie de vuelta (incompleta, como ellos mismo reconocen) por los diferentes estados de EE. UU., pidiéndole a un escritor contemporáneo oriundo de equis estado que hable acerca de otro más clásico, o no, pero de su misma procedencia.

El proyecto se llama: "Books of the States" y, por ejemplo, Lev Grossman habla de John Updike, Tracy Kidder de Richard Todd, Richard Russo de William Kennedy, Jonathan Lethem de L.J. Davis o Jane Smiley de Jetta Carleton.

Una buena excusa para conocer a muchos autores que no han tenido tanta trascendencia en castellano.



John UPDIKE según Lev Grossman



John KENNEDY TOOLE según Michael Lewis

Enlace:

http://www.omnivoracious.com/books_of_the_states/

Premio hormiga

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Premio "Por favor, sea breve", de microrrelatos

Bases hormiga:

Los textos deben comenzar con la siguiente frase: "Por favor, sea breve, dijo…”

No deben superar los 500 caracteres.

Los originales deben enviarse a porfavorseabreve@ppespuma.com antes del 13 de mayo de 2010.

El premio consistirá en la edición de los 20 textos finalistas en un volumen no venal dedicado al premio y publicado por Editorial Páginas de Espuma.

El jurado estará integrado por Raúl Brasca, José María Merino y Ana María Shua.

El fallo tendrá lugar el día 13 de junio de 2010, en la Feria del Libro de Madrid.

Regalos

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Cuando la gente va amasando una fortuna, sus exigencias y su nivel de vida aumentan en forma proporcional, pero sus instintos en materia de regalos suelen permanecer en las condiciones subdesarrolladas de esos tiempos lejanos. Piensan que un regalo ideal es vistoso y no muy caro. Por eso, hasta las mejores tiendas tienen sus mostradores y vidrieras llenos de cosas que deberían costar alrededor de cuatro peniques, que lucen como si valieran setenta y seis y que ellos venden por diez como un regalo conveniente.


Saki, "Pieles" (fragmento del cuento).

Este cuento de Saki integra la antología "Felicidades (Los mejores cuentos de cumpleaños)" que he realizado para la editorial La Compañía, Buenos Aires, Argentina. La antología incluye también cuentos de Stephen Crane, Etgar Keret, Brander Matthews, Juan José Morosoli, Liliana Heker, Oscar Wilde y Mati Unt, entre otros.

Elegantes gritos de desesperación

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William GOYEN y la pintora Dorothy BRETT

Maximiliano Tomas, ayer sábado 14 de noviembre en el diario Perfil de Buenos Aires, Argentina.

Cuando en 2007 Eduardo Berti –junto a David Fajn y Eduardo Milewicz– creó el sello editorial La Compañía, uno de los títulos que eligió para darse a conocer (“somos una editorial independiente con el objetivo de rescatar autores y libros, textos olvidados o inéditos de escritores importantes”, declaran en su página web) fue La misma sangre y otros cuentos, del escritor estadounidense William Goyen. Especie de autor de culto involuntario (“Creo que merecía reconocimiento. No hablo de aprobación o desprecio. Pero levanto la mano y digo: ‘¡Oigan, aquí estoy! ¡Presente!’”), Goyen es uno de esos casos extraños que cada tanto saltan al mundo de la literatura desde algún lugar perdido del sur de los Estados Unidos. Nacido en 1915 y muerto en 1983, enseñó en Columbia y Princeton, se casó con una actriz y escribió algunas novelas. Pero, sobre todo, dejó sus Collected Stories (1975), del cual Esther Cross seleccionó y tradujo los relatos de este volumen aparecido hace dos años.

Cuando uno piensa en la literatura sureña, surgen de inmediato los fulgurantes nombres de William Faulkner, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Truman Capote. A todos ellos respetaba Goyen, por ninguno decía sentirse influenciado. Menos aun, por la tradición literaria de las grandes ciudades: “No me interesan las infidelidades de las amas de casa de los suburbios de Nueva York. Sus vidas, sus encuentros sexuales y sus divorcios me parecen triviales en comparación con la vida de los sureños”. Lo que queda claro muy rápido, al sumergirse en el descarnado, mohoso universo ficcional de textos como Preciada puerta; El coyote; Arthur Bond (la escalofriante historia de un hombre que vive con un gusano en la pierna que lo arrastra a la locura) y, sobre todo, al leer el extraordinario Si tuviera cien bocas, donde un personaje expía un viejo pecado de clase y raza, haciendo que su culpa se eternice de una generación a otra.

Cross cuenta que Goyen solía declarar que nadie abandona nunca su lugar de origen, que no hay quien pueda liberarse de donde ha nacido y que hacía de esa creencia una máxima literaria. La época de muchos de sus cuentos es la del despertar industrial del sur, la migración del campo a las ciudades, la creación de nuevos núcleos urbanos. Los personajes: gente de pueblo a la que le cuesta adaptarse a la idea del progreso, que cuando se ven forzados a cambiar de hábitat enferman o enloquecen, granjeros, amas de casa, cazadores, temibles miembros del Ku Klux Klan. Los hechos: lazos de sangre que se deshacen, traiciones, enfermedades, manifestaciones epifánicas. Todo contado, como le gustaba describir al propio Goyen (apadrinado en su momento por Capote, amistad que, claro, tuvo a bien traicionar), mediante “un elegante grito de desesperación”.

Ahora, La Compañia acaba de lanzar un segundo tomo de Goyen con nuevos cuentos, titulado Angeles y hombres. En el posfacio, Marcelo Figueras intenta discernir la extraña pregnancia que generan estas historias: “La mayoría de los relatos de Goyen lidian con la cuestión del pasado o del origen (...) Y, a diferencia de lo que suele considerarse el paradigma del cuento perfecto, sus historias nunca cierran artificialmente. No le proveen al lector la catarsis del argumento redondo”. Tal vez sea eso: aquellos gritos desesperados y sus ecos, que resuenan y nunca se apagan.

Enlace original:
http://www.perfil.com/contenidos/2009/11/14/noticia_0041.html

No hay tu tía

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La expresión coloquial actual no hay tu tía (’no hay remedio’, ‘es imposible cambiar las cosas’) es un hermoso ejemplo de lo que los lingüistas denominan etimología popular.

Para que nos entendamos, la etimología popular consiste en intentar encontrarle una explicación a una expresión que no se entiende. Cuando el hablante no reconoce una estructura en una secuencia lingüística, reajusta esta para amoldarla a modelos conocidos. De esta forma se convierte en transparente lo que antes era opaco.

La expresión originaria era no hay tutía. El hablante actual normalmente no ha oído en su vida esa palabra. El DRAE nos dice que tutía es atutía, con lo que nos deja como estábamos. Si perseveramos y buscamos atutía, nos enteraremos de que es óxido de zinc y de que se fabricaba un ungüento con él.

Ahora todo encaja:

tutía = ungüento = remedio
o sea
no hay tutía = no hay remedio

El problema es que solo encaja ahora y el hablante necesita que todo encaje desde el principio y, si no, lo hace encajar él. Cuando se encuentra una expresión opaca, trata de hacerla transparente apoyándose en lo que conoce ( y tía). La etimología popular surge por afán de motivación y altera la forma de las palabras.

Alberto BUSTOS

Publicado originalmente por Alberto Bustos en su formidable "Blog de lengua española":

http://blog.lengua-e.com

El funeral de Chuang Tzu

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Thomas MERTON

Cuando Chuang Tzu estaba al borde de la muerte, sus discúpulos empezaron a planear un espléndido funeral. Pero él dijo: "Tendré como ataúd el Cielo y la Tierra; el Sol y la Luna serán los símbolos de jade que pendan junto a mí; los planetas y las constelaciones brillarán como joyas a mi alrededor, y todos los seres estarán presentes como comitiva fúnebre en mi velatorio. ¿Qué más me hace falta? Todo está suficientemente dispuesto!" Ellos, sin embargo, dijeron: "Tememos que los cuervos y milanos devoren a nuestro Maestro." "Bien", dijo Chuang Tzu, "sobre la tierra seré devorado por cuervos y milanos; debajo de ella, por hormigas y gusanos. En todos los casos, seré devorado. ¿Por qué, entonces, tanta parcialidad contra las aves?"


Incluido en "El camino de Chuang Tzu", de Thomas Merton.
En este libro, el poeta ermintaño estadounidense (1915-1968) reescribe libremente los cuentos y aforismos del antiguo filósofo chino, uno de los maestros del taoísmo. Como dice el propio Merton en su prólogo:

Simplemente, me gusta Chuang Tzu porque es lo que es, y no siento necesidad alguna de justificar este aprecio ni ante mí mismo ni ante nadie. El es, con mucho, demasiado grande como para necesitar apologías mías. Si san Agustín podía leer a Plotino, si santo Tomás leía a Aristóteles y a Averroes (ambos, evidentemente, mucho más lejos de la cristiandad de lo que jamás estuviera Chuang Tzu) y si Teilhard de Chardin podía utilizar copiosamente a Marx y a Engels en su síntesis, creo que puedo ser perdonado por relacionarme con un ermitaño chino que comparte el clima y la paz de mi propio tipo de soledad y que es el mismo tipo de persona que yo. Su temperamento filosófico es, creo, profundamente original y sensato. Por supuesto, puede ser malentendido. Pero es básicamente simple y directo. Busca, como lo hace todo gran pensador filosófico, llegar inmediatamente al corazón de las cosas.

Instrucciones para comer un huevo frito

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Una vez, en el Café Bonaparte, abajo del edificio en que –se dice— vivió Sartre, frente a la librería Le Divan (que hoy no existe más) y en diagonal con Saint Germain des Prés, Julio me contó sus dudas sobre cómo comer un huevo frito, en una conversación digna de sus mejores libros misceláneos. Era invierno y hacía frío. Julio llevaba un horrible pasamontañas sobre la cabeza, con ese desparpajo con que la gente se puede vestir en cualquier ciudad del mundo que no sea Buenos Aires.

El había pedido un Croque Monsieur, un tradicional sandwich francés que trae un huevo frito arriba. "Siempre se me enfría mientras decido cómo empezar. Si lo corto con cuchillo y tenedor, la yema se desparrama por el plato, el sandwich queda todo pegajoso, y el sabor del huevo se diluye entre el del queso y el jamón. Si mojo un pancito con la mano, lo disfruto mucho más, pero después me tengo que comer el sandwich sin huevo, que es lo que más me gusta del Croque Monsieur". Dicho esto se decidió por el cuchillo y tenedor, mientras yo retenía la explicación para anotarla poco después. Y con todo pudor, le tomé una foto. Se ve a Julio comiendo el huevo frito. La foto es muy mala, pero la tengo guardada.

“Diez Instantáneas de Julio Cortázar”, por Guillermo Schavelzon

Versión completa en la revista "Resonancias". Link online:

http://www.resonancias.org/content/read/324/diez-instantaneas-de-julio-cortazar-por-guillermo-schavelzon/

El hijo de la hormiga y el dinosaurio

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Son varias las antologías de microficción que se editaron en las últimas décadas y que han venido a demostrar, por si hacía falta, el auge y desarrollo del género.

De todas las antologías, hay tres que a mi juicio se destacan claramente: la fundacional (los "Cuentos breves y extraordinarios", de Borges y Bioy Casares), la que fue determinante para el impulso ("La mano de la hormiga", de Antonio Fernández Ferrer) y la que señaló un momento cumbre o de "consagración" ("Por favor, sea breve", de Clara Obligado).

Nueve años después del "Por favor, sea breve" (que en su cubierta traía un dinosaurio, en obvio tributo a aquel famoso cuento de Monterroso), Clara Obligado ha concretado la esperada secuela: "Por favor, sea breve 2", cuya tapa el dinosaurio ahora comparte con una impactante hormiga (homenaje a Fernández Ferrer).

En el libro se dan cita más de cien autores de España y de América Latina. Autores conocidos al lado de otros casi secretos. Cuentos famosos al lado de cuentos inéditos. Y, lo mismo que en la primera versión, los relatos aparecen ordenados en orden decreciente: desde el más extenso ("El conductor", de Rodrigo Soto) al más breve ("El fantasma", de Guillermo Samperio), tan breve que no tiene texto alguno más allá de su título.

El libro se presenta este miércoles 11 de noviembre, a las 19:30, en Casa de América, en Madrid. Estarán Clara Obligado, Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Patricia Esteban Erlés, Hipólito G. Navarro, Eduardo Berti (que soy yo, claro, quien "atiende" este blog), Francisca Noguerol y el editor Juan Casamayor.

Del libro hablaremos allí, en la presentación, y volveremos a hablar aquí, en este blog, a lo largo de los próximos días. Porque bien vale la pena.

 

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